El mando se ha vuelto un artículo de lujo (se solucionó la adicción a los videojuegos)
Qué emocionante vivir el momento histórico en que una Nintendo Switch 2 cuesta casi 500 euros, una PS5 roza los 550 y una Xbox Series X se acerca a los 600. Un privilegio, de verdad. Nuestros nietos nos preguntarán dónde estábamos cuando jugar a videojuegos dejó de ser un hobby para convertirse en una declaración patrimonial, y nosotros podremos responder con orgullo: pagándolo religiosamente y dando las gracias.
Sony, Microsoft y Nintendo llevan años explicándonos, con la paciencia de quien habla a un niño cortito, que ellos también sufren. Pobres. La Xbox One se lanzó en 2013 a 499 dólares y entonces parecía un atraco; hoy, esa misma cifra ajustada a inflación seguiría siendo más barata que casi cualquier consola nueva. Pero claro, los tiempos cambian, y ahora además de pagar la máquina hay que alquilar mensualmente el permiso para usarla del todo. Online de pago, juegos en suscripción, servicios premium, almacenamiento adicional. Un modelo de negocio tan elegante que uno casi se siente afortunado de participar.
Y aquí, queridos lectores, entra la geopolítica, que siempre alegra una sobremesa. Resulta que la guerra arancelaria reactivada por Trump no es un fenómeno atmosférico, aunque a veces lo parezca. Es una decisión política tomada a miles de kilómetros cuyas facturas pagamos puntualmente desde Almería, Berlín o Lyon, sin haber sido invitados a la conversación. Detalle menor. Los semiconductores que mueven estas maravillas salen casi todos de Taiwán (¿dónde está TRUMP ahora, 14 de mayo de 2026?), esa isla que China observa con cariño paternal y Estados Unidos con cariño estratégico, y cuyo destino determina si tu hijo tendrá Reyes Magos este año. TSMC, una empresa que el 99% de los consumidores no sabría situar en un mapa, decide más sobre tu Navidad que el Banco Central Europeo. Tranquilizador.
Cada vez que Xi Jinping tose cerca del estrecho de ormuz, sube treinta euros la consola. Cada nuevo paquete de sanciones de Washington a la exportación de chips, otros veinte. Cada retraso de la Chips Act europea (esa cosa de la que se habló mucho en 2022 y poco después), otros quince. Lo bonito es que nadie nos lo explica así. Nos lo venden como «ajuste de mercado», como si el mercado fuera un señor independiente que decide solo, ajeno a Trump, a Pekín y a los lobbies de Silicon Valley.
Microsoft, que acaba de gastarse 69.000 millones de dólares en comprar Activision (más que el PIB anual de Croacia, por dar contexto), nos jura que no puede absorber unos aranceles sin trasladarlos íntegros al usuario. Lo dice con cara de circunstancias, además. Sony despide desarrolladores a paladas, cierra estudios históricos y sube el precio del hardware el mismo trimestre, y todavía hay quien aplaude la «disciplina financiera». Nintendo, que durante cuarenta años hizo bandera de la consola familiar y asequible, descubre de repente que su próximo producto debe costar lo que una lavadora decente. Casualidades.
El consumidor, ese héroe silencioso, ya ni siquiera discute el precio. Es peligroso ver que ya la gente discute la financiación. Tres plazos sin intereses, cuatro cómodos pagos, renting de consola (sí, existe). Hemos llegado al punto en que pedir un crédito para jugar al FIFA se considera planificación financiera responsable. Felicidades a todos. La industria ha conseguido lo que ninguna religión logró del todo: que paguemos diezmo sin rechistar y encima nos sintamos parte de algo.

Y Europa, mientras tanto, en su papel favorito: el de espectador con cartera abierta. Sin fábricas de chips dignas de ese nombre, sin industria propia de consolas, sin política industrial más allá de comunicados optimistas en PDF, el continente financia alegremente decisiones tomadas en Tokio, Redmond, Washington y Hsinchu. Aquí el gran debate público es si la PS5 Pro compensa, no por qué dependemos hasta para jugar al Mario Kart de cadenas de suministro que pueden colapsar en una semana. Prioridades.
La consola de récord no es una mala noticia. Es la confirmación de que el sistema funciona exactamente como estaba diseñado: tú pagas, ellos cobran, y de paso la geopolítica mundial te factura sus servicios sin haberlos pedido. Un éxito rotundo. Enhorabuena a todos los implicados, especialmente a quien sigue pensando que esto va de videojuegos.
