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Respetemos la formación. Son (somos) ciudadanos, no clientes.

4 agosto, 2026

Un profesor se dirige a su clase y recuerda que el examen parcial ofrece dos alternativas. La primera consiste en bailar durante quince segundos delante de todos. Una alumna levanta la mano, sale a la tarima, baila y regresa a su asiento. La segunda opción es redactar un trabajo de quince mil palabras sobre las implicaciones de la inteligencia artificial en la ingeniería biomédica. Las manos se alzan. El vídeo termina. La red, encantada, hace el resto.

La escena parece condensar en unos segundos varios males que algunos llevamos años observando: la sustitución del esfuerzo por el espectáculo, el profesor convertido en animador y la tentación de transformar el aula en contenido. Mi reacción fue inmediata: Y esto es a lo que estamos llegando: a convertir algo tan serio como la formación de ciudadanos (no clientes) en un circo.

Pero la indignación no exime de comprobar los hechos. Seamos honestos …

Spoiler: este profesor es famoso por «escenificar», con lo que quiero calmar a los haters y a quienes defienden este modelo, pero el sustrato está:el aula debe respetarse. Sigo con mi reflexión …

Lo que el vídeo muestra y lo que no demuestra

Antes de lanzar una crítica visceral (con el paso de los años me he vuelto más matizado y modulado, si), he encontrado que el vídeo ha sido vinculado a Matthew Pittman, profesor de Publicidad en la Universidad de Tennessee y director de un centro dedicado al estudio de las redes sociales. Su especialidad académica incluye la influencia digital, los influencers y el marketing viral. La propia universidad explica que sus estudiantes producen contenidos, los publican y analizan después sus métricas, y atribuye a esta metodología cientos de millones de visualizaciones, colaboraciones con marcas y oportunidades laborales. También aclara que la competencia por conseguir visitas no forma parte de la calificación.

He visto que mucha gente se lanza a criticar el vídeo pero no el sustrato de lo que está ocurriendo. El video es una actividad. Que quiere analizar, creo yo, la falta de critica o de pensamiento crítico de quienes andan (andamos) por redes. Pero yo, lo voy a aprovechar para remarcar una diferencia que me parece necesaria marcar : cliente o ciudadano. Esa es la cuestión que mueve este artículo. Esa misma.

CLIENTE o CIUDADANO, si alguien lee esto y se esfuerza en motejar de cliente a un alumno, entonces entenderá porqué mantengo la distancia.

Siguiendo con la defensa de este profesor: hay otro dato que impide dictar sentencia: Pittman reconoció que uno de sus vídeos virales (en el que despertaba a estudiantes supuestamente dormidos cantando a gritos) era una escena preparada para demostrar en una clase de redes sociales que podía «doblegar al algoritmo». No he encontrado una confirmación equivalente sobre el baile. Por tanto, no puede afirmarse que una alumna aprobara realmente un examen sustituyendo un trabajo por una coreografía, honestamente, en este contexto y con este profesor, lo dudo. La desproporción entre ambas opciones permite sospechar una broma o escenificación, pero eso es una inferencia, no un hecho demostrado.

Esta cautela no desactiva el debate. Lo vuelve más interesante. Quizá el problema no sea que un profesor haya cambiado un trabajo por un baile, sino que el aula se haya convertido en un lugar donde esa ficción resulta verosímil, celebrada y rentable. El vídeo funciona porque millones de personas aceptan sin dificultad que la universidad pueda operar así. Y funciona también porque la economía de la atención premia la escena mucho más que cualquier explicación pausada sobre lo que verdaderamente se aprendió.

Innovar no es montar un número

Sería intelectualmente perezoso convertir este episodio en una condena de toda metodología activa, no soy de la vieja escuela aunque llevo un cuarto de siglo en las aulas universitarias, si, veinticinco años devolviendo a la sociedad ciudadanos, de mucha calidad humana (la Universidad de Almería tiene el honor de poder formar a quienes sus familias nos confían, buenas personas). No obstante, como digo, la investigación ofrece razones sólidas para abandonar la idea de que enseñar consiste únicamente en hablar mientras el alumnado toma apuntes. El aprendizaje activo mejora el rendimiento en numerosos contextos, y los metaanálisis sobre gamificación encuentran efectos positivos, aunque variables, sobre resultados cognitivos, motivacionales y conductuales. La clave está precisamente en esa variabilidad: no basta con añadir un juego, una insignia, una canción o un baile. La actividad debe responder a objetivos de aprendizaje, estar integrada en el diseño de la asignatura y ser evaluada con criterios coherentes.

Un baile puede ser una excelente actividad en expresión corporal, artes escénicas (término de moda, ahora), comunicación no verbal o incluso en una asignatura sobre producción de contenidos virales. Puede exigir preparación, creatividad, coordinación y exposición pública. Lo que no puede aceptarse sin una explicación académica es que resulte intercambiable con un ensayo de quince mil palabras sobre inteligencia artificial e ingeniería biomédica. Ambas tareas miden cosas distintas. Si se presentan como equivalentes, la evaluación pierde validez; si la equivalencia era ficticia, entonces el vídeo no documenta una evaluación, sino una representación creada con la universidad como decorado.

No critico la cercanía, el humor ni el conocimiento de las plataformas. Critico la confusión entre conectar con el alumnado y competir por su aplauso; entre hacer comprensible una materia y convertirla en un producto de consumo rápido. Estamos de acuerdo que el docente también es parte importante de la ecuación y su responsabilidad es estar formado y transmitir conocimiento actualizado, eso es motivo de otro artículo que tengo en el horno, no se me impacienten.

El estudiante no es un cliente

La expresión puede resultar incómoda en instituciones que hablan de captación, retención, experiencia de usuario, posicionamiento y satisfacción. Pero conviene recordarlo: el estudiante no compra una calificación ni contrata el derecho a no sentirse contrariado. Se incorpora a una comunidad académica para aprender, y aprender implica ser corregido, encontrar límites, descubrir lagunas y asumir que el esfuerzo no siempre produce una recompensa inmediata.

Un estudio realizado con 608 universitarios ingleses encontró que una mayor orientación consumista hacia la educación superior estaba asociada con un menor rendimiento académico. Esto no convierte a todo estudiante que reclama en un «cliente», pero sí apunta a una incompatibilidad entre la identidad de discente (que exige responsabilidad) y la expectativa de recibir resultados a cambio de haber pagado, asistido o mostrado satisfacción (ya dije que esto es cosa de dos: docente y discente).

También debemos ser prudentes con las encuestas de evaluación docente. Son útiles para conocer experiencias, detectar abusos, localizar problemas organizativos y mejorar la enseñanza. Pero dejan de ser saludables cuando se convierten en plebiscitos de popularidad o condicionan en exceso la carrera profesional. Distintos estudios han observado asociaciones entre calificaciones más benévolas y mejores valoraciones del profesorado, aunque la literatura no es unánime y existen trabajos que discuten que esa relación sea siempre un sesgo. Lo razonable no es abolir la voz estudiantil, sino impedir que la satisfacción sustituya a la evidencia de aprendizaje.

A un cliente se le intenta dar la razón para conservarlo. A un estudiante se le escucha, se le respeta y se le protege, pero también se le dice que un razonamiento es incorrecto, que un texto está mal escrito, que una práctica no alcanza el nivel exigible o que debe volver a intentarlo. Esa diferencia no es un vestigio autoritario. Es el fundamento mismo de la educación.Y es justo lo que necesita, la corrección.

Tampoco es un discípulo 🙂 al que se le niegue la oportunidad de rebatir a su profesor/a y de discutir soluciones, propuestas, metodologías. Eso es la academia. Personalmente, no me gusta el término de discipulo.

Lo que llega a la universidad

Llevo años viendo entrar en las aulas universitarias a estudiantes inteligentes, creativos y con enormes posibilidades. También observo, en una parte creciente del alumnado, dificultades para comprender instrucciones relativamente extensas, sostener una lectura compleja, redactar con precisión, construir un argumento o distinguir una afirmación de una evidencia. Es una observación profesional, no un estudio estadístico, y no autoriza a declarar incapaz a toda una generación.

La frase más común, este año fue: «Lo he buscado en ChatGPT»

Los datos disponibles, sin embargo, impiden despachar esa percepción como simple nostalgia. En PISA 2022, España se situó cerca de la media de la OCDE, pero sus resultados en lectura descendieron respecto a 2012 y 2015. Aproximadamente una cuarta parte del alumnado de quince años no alcanzó el nivel básico de competencia lectora y solo un 5 % llegó a los niveles más altos. En la evaluación de competencias de adultos de 2022-2023, el 31 % de la población española de 16 a 65 años quedó en el nivel más bajo de lectura o por debajo de él, mientras que solo el 4 % alcanzó los niveles superiores; los jóvenes de 16 a 24 años también puntuaron por debajo de la media de la OCDE.

Estos datos no demuestran que TikTok, la gamificación o los profesores mediáticos sean responsables del deterioro. Sería una causalidad inventada. Pero sí obligan a preguntar si, ante problemas tan serios, la respuesta sensata consiste en reducir la lectura, suavizar la exigencia y ofrecer una estimulación continua para que nadie desconecte. Quizá estemos intentando curar la dificultad de concentrarse mediante una dosis todavía mayor de fragmentación.

PISA 2022 señala que alrededor del 30 % del alumnado de la OCDE declara distraerse con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de matemáticas, y quienes lo hacen obtienen resultados inferiores incluso tras ajustar por el contexto socioeconómico. La tecnología puede apoyar el aprendizaje, pero no posee por sí sola virtud pedagógica; la UNESCO recomienda emplearla cuando mejora objetivos educativos, no cuando sustituye la relación humana o desvía la atención.

Corregir, en rojo, no es agresión.

Entre las pequeñas supersticiones pedagógicas de nuestro tiempo ocupa un lugar destacado la idea de que corregir en rojo puede «traumatizar» al estudiante. La realidad es bastante menos espectacular. Algunos estudios han encontrado que las anotaciones rojas pueden percibirse como más negativas o provocar una reacción emocional inicial menos favorable. Pero la evidencia es limitada, depende del contexto y no permite concluir que señalar errores sea perjudicial o que cambiar de color resuelva el problema. Otros trabajos muestran preferencias distintas entre estudiantes y subrayan que importa mucho más la intención, la claridad y la utilidad de la retroalimentación. Ojo, que los sobresalientes también se ponen en rojo.

La cuestión relevante no es si la tinta es roja, verde o violeta. Es si el comentario explica qué falla, por qué falla y cómo puede mejorarse. Un metaanálisis de cientos de estudios encontró un efecto medio positivo de la retroalimentación sobre el aprendizaje, pero también una gran heterogeneidad: no toda corrección sirve, y su eficacia depende del contenido informativo que aporte. Corregir sin orientar puede ser inútil; evitar la corrección para preservar una comodidad momentánea es una renuncia profesional.

El error no es una agresión que el sistema deba esconder. Es información. La investigación educativa contemporánea considera los errores y los fracasos componentes indispensables del aprendizaje, siempre que exista apoyo para interpretarlos y convertirlos en mejora. Las llamadas «dificultades deseables» pueden entorpecer el desempeño inmediato y, al mismo tiempo, favorecer la retención y la transferencia a largo plazo. No toda dificultad educa, desde luego; una tarea arbitraria o desproporcionada solo genera desgaste. Pero tampoco educa un itinerario donde toda incomodidad se elimina antes de que el alumno aprenda a gestionarla.

Sobre la pérdida de autoridad. Autoridad no es autoritarismo

La pérdida de autoridad docente no se corrige recuperando humillaciones, castigos absurdos ni obediencias ciegas. La autoridad legítima se construye con conocimiento, preparación, coherencia, justicia y responsabilidad. Precisamente por eso incluye la capacidad de establecer límites, exigir estándares y evaluar sin pedir disculpas por hacerlo.

Un profesor no debe disfrutar suspendiendo ni convertir la dureza en una marca personal. Tampoco debe temer suspender cuando el aprendizaje no se ha producido. Si cada decisión queda subordinada a una queja, una mala encuesta o un vídeo recortado, termina administrando emociones en lugar de enseñar.

Escuchar al alumnado es una obligación. Entregarle la soberanía sobre el criterio académico es una irresponsabilidad. El respeto es recíproco, pero las funciones no son intercambiables: el estudiante participa en el aprendizaje; el profesor diseña, orienta y acredita que ese aprendizaje se ha producido.

Del aula a la plataforma

Existe, además, una frontera ética que no deberíamos cruzar con tanta ligereza: el alumnado no es atrezo. Cuando un docente convierte sistemáticamente su clase en material para sus perfiles personales, aparecen preguntas sobre consentimiento, privacidad, presión implícita y uso de la posición de autoridad. En el caso del vídeo analizado hablamos de universitarios adultos, pero el fenómeno alcanza también a escuelas donde aparecen menores.

La Agencia Española de Protección de Datos distingue entre grabar imágenes dentro de una actividad educativa y difundirlas públicamente con otros fines. La publicación abierta en Internet exige una base legítima y, cuando se trata de menores, garantías especialmente estrictas. Una autorización formal tampoco resuelve todos los dilemas: el consentimiento puede ser jurídicamente válido y, sin embargo, estar condicionado por la asimetría entre quien califica y quien desea no quedar señalado ante su clase.

Divulgar conocimientos en redes no convierte a nadie en mal profesor. Puede ser una magnífica labor pública. Otra cosa es utilizar el aula para alimentar una marca personal, medir el éxito docente por las visualizaciones o diseñar escenas cuya primera finalidad sea complacer al algoritmo. El algoritmo no conoce el plan de estudios, no acredita competencias y no responde por las consecuencias. Solo sabe retener miradas.

La parte que nos toca

Sería injusto cargar toda la culpa sobre el alumnado o sobre los profesores jóvenes. Los docentes no han inventado por sí solos la cultura de la inmediatez. Trabajan dentro de instituciones que necesitan matriculaciones, buena reputación, encuestas favorables, presencia digital y relatos atractivos para competir. Las familias pueden confundir protección con eliminación de obstáculos; las administraciones proclaman innovaciones antes de evaluarlas; las plataformas premian lo breve y emocional. También muchos profesores veteranos hemos aceptado que la exigencia debía justificarse mientras la banalidad se presentaba como moderna.

Tampoco sería justo convertir a Pittman en símbolo individual de una decadencia que el propio contexto desmiente parcialmente. Su universidad presenta su curso como una experiencia ligada al campo profesional de la publicidad, con análisis de métricas, campañas reales y oportunidades de empleo. Eso merece ser reconocido. Lo discutible es que la institución utilice como principal escaparate los cientos de millones de visitas y celebre unas «travesuras educativas» que hacen casi imposible distinguir desde fuera la práctica académica de la comedia viral.

Cómo recuperar la educación sin regresar al pasado

No se trata de volver a una universidad solemne, distante e incapaz de revisar sus métodos. Se trata de exigir a toda innovación la misma pregunta que hacemos a cualquier intervención responsable: ¿qué aprendizaje produce y cómo lo sabemos?

Hay que recuperar la lectura extensa, la escritura argumentativa y la exposición oral razonada. Diseñar actividades activas, pero vinculadas a competencias verificables. Valorar las encuestas sin convertirlas en un concurso de simpatía. Proteger la independencia para evaluar y establecer controles contra la arbitrariedad. Enseñar a utilizar las redes, pero también a soportar el silencio, la concentración y la demora. Y regular cuándo una clase puede convertirse en contenido.

Sobre todo, debemos devolver al error su dignidad pedagógica. Una corrección respetuosa no lesiona al estudiante: le reconoce la capacidad de mejorar. Una tarea exigente no es necesariamente elitista: puede ser la forma más honesta de tomar en serio su inteligencia. Una calificación baja no define a una persona, pero ocultar que su trabajo es insuficiente tampoco la ayuda.

La educación forma ciudadanos, no clientes. Los ciudadanos necesitan criterio, lenguaje, memoria, disciplina, imaginación y resistencia ante la frustración. Los clientes, en cambio, solo necesitan salir satisfechos de la experiencia.

Podemos convertir cada clase en un espectáculo, cada profesor en un creador de contenido y cada dificultad en una ofensa que deba retirarse. Obtendremos quizá más aplausos, mejores vídeos y usuarios temporalmente contentos. Lo que no obtendremos son adultos preparados para una realidad que no ofrece filtros, no concede aprobados por simpatía y rara vez cabe en quince segundos.

Una sociedad que educa para evitar toda incomodidad no está protegiendo a sus jóvenes: está privándolos de las herramientas con las que algún día tendrán que afrontar casi todo.

Cuando la universidad empieza a medir su éxito en aplausos y visualizaciones, corre el riesgo de olvidar que su verdadera tarea no es entretener al estudiante, sino prepararlo para comprender y transformar el mundo.

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