La vocación no debería ser una modalidad de pago
Hay algo profundamente anómalo cuando trabajar gratis empieza a considerarse parte natural de una profesión. Hoy, aparece en EL PAÍS este artículo. Y no niego que me causa indignación, por la parte (doble) que me toca.
El artículo de El País pone cifras a una realidad bastante menos anecdótica de lo que solemos admitir: la enseñanza y las actividades vinculadas a la informática y las telecomunicaciones encabezan el porcentaje de horas extraordinarias que no se pagan. En educación, más del 80 % de las horas extra realizadas quedarían sin remunerar; una proporción similar aparece en telecomunicaciones, programación y consultoría informática. Y quizá lo más preocupante no sean siquiera los porcentajes, sino la normalización cultural que hay detrás de ellos.
En determinados trabajos parece haberse instalado la idea de que existe una parte de la jornada que no pertenece al contrato, sino a una especie de voluntariado profesional obligatorio. Y todo ello acaba envolviéndose con palabras mucho más presentables: compromiso, responsabilidad, vocación, profesionalidad, implicación.
Precisamente ahí está la trampa.
La vocación no debería ser una modalidad de pago
En la enseñanza conocemos especialmente bien ese mecanismo. Existe todavía una sorprendente tendencia a identificar el trabajo del docente con las horas durante las que está físicamente delante de sus alumnos. Como si una clase apareciese espontáneamente. Como si preparar materiales, actualizar contenidos, corregir trabajos y exámenes, atender estudiantes, dirigir TFG, TFM y tesis, participar en reuniones, cumplimentar una burocracia creciente, investigar, publicar, gestionar proyectos o preparar nuevas asignaturas no consumiera tiempo.
Y cuanto más responsable es el profesional, más fácil resulta que el sistema se aproveche precisamente de su responsabilidad.
Porque las organizaciones han aprendido algo extraordinariamente cómodo: muchos trabajadores resolverán con tiempo personal aquello que la organización no ha dimensionado correctamente con recursos y tiempo laboral.
En la Universidad ya estoy cansado de escuchar lo de «implantar a coste cero».
Y funciona. Funciona porque el profesor no quiere impartir una mala clase. Porque el informático no quiere dejar un sistema caído. Porque el investigador tiene un plazo. Porque el ingeniero quiere terminar el proyecto. Porque alguien siente que «no puede dejarlo así».
El resultado es perverso: la profesionalidad del trabajador termina subvencionando la mala planificación de la organización.
En informática ocurre lo «mesmeteco»
En nuestro sector existe además otro ingrediente peligroso: la cultura del «si te gusta la informática, esto no es trabajar». Actualizarse fuera del horario laboral, estudiar nuevas tecnologías, resolver incidencias de madrugada, desplegar sistemas durante fines de semana, responder mensajes fuera de jornada o asumir picos interminables de trabajo se presentan algunas veces como consecuencias inevitables de dedicarse a la tecnología. No deberían serlo.
Que una profesión resulte apasionante no convierte el tiempo de quien la ejerce en un recurso gratuito. Y que determinadas actuaciones deban realizarse fuera del horario habitual puede ser perfectamente razonable. Lo que no resulta razonable es que ese tiempo desaparezca mágicamente del cómputo laboral.
Hay además una cuestión económica que solemos olvidar
Una hora extraordinaria no pagada no es simplemente «na hora que el trabajador regala». Es también un coste empresarial o institucional que alguien deja de asumir. Cuando millones de horas necesarias para mantener organizaciones, empresas y administraciones funcionando no aparecen correctamente remuneradas, estamos maquillando de alguna forma su productividad.
La organización parece más eficiente de lo que realmente es porque una parte de sus costes está siendo financiada silenciosamente por sus trabajadores.
Dicho de otra manera:
si para que una organización funcione normalmente sus empleados tienen que trabajar sistemáticamente más horas de las contratadas, entonces esas horas no son extraordinarias. Son estructurales.
Y si son estructurales, hay un problema de dimensionamiento de plantilla, organización del trabajo o financiación.
Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarnos
Porque finalmente ocurre algo todavía peor. Quien decide respetar escrupulosamente su jornada puede acabar pareciendo menos comprometido que quien trabaja gratuitamente. El comportamiento excepcional se convierte así en la referencia y quien cumple exactamente aquello para lo que fue contratado parece estar haciendo menos de lo esperado. Ese cambio cultural es muy difícil de revertir. Por eso quizá deberíamos dejar de elogiar tanto ciertas formas de «entrega profesional» y empezar a formular una pregunta bastante más incómoda:
¿cuántos servicios, empresas, universidades, centros educativos y departamentos tecnológicos podrían mantener realmente su nivel actual de funcionamiento si mañana dejásemos de contar con todas esas horas invisibles?
Probablemente la respuesta explicaría bastante bien las cifras de este artículo.
Trabajar bien merece reconocimiento. Trabajar más merece compensación. Y trabajar gratis no debería confundirse jamás con tener vocación.
