Ir directamente al contenido

Se bienvenido a estas tierras digitales...

...especialmente si eres un molino....

I Jornadas de Ciberseguridad: Ciberdefensa y Seguridad Nacional.

4 enero, 2025

El 22 de enero se va a celebrar, en la Universidad de Almería, las I Jornadas de Ciberseguridad: Ciberdefensa y Seguridad Nacional. Durante las jornadas se van a debatir asuntos que nos afectan como Sociedad y que impactan severamente en la vida digital que está cada vez más anidada en cada uno de nosotros.

Descubriremos que hay organismos estatales que convierten nuestra protección en su desvelo, pues aunque la red nos da muchas facilidades también es cierto que nos expone sobremanera. Además, conoceremos a las unidades judiciales, tanto de policía nacional como de guardia civil y cómo operan ante los ciberdelitos. No sólo en la labor de investigación sino también en la tarea de comunicar las evidencias y hallazgos a Fiscalía.

Temas tan interesantes como la actividad del Centro Criptológico Nacional, Las actuaciones contraterroristas, el trazado y seguimiento de las criptomonedas, etc… .

Si os interesa, estad atentos porque en breve pondré más información.

Civismo al servicio del olvido: los parques y calles bajo el reinado de los dueños irresponsables de perros

2 enero, 2025

Los parques de nuestra ciudad, otrora espacios verdes y lugares de encuentro, han caído víctimas de un fenómeno que parece desafiar toda lógica: el incivismo canino, o más bien, el incivismo de sus propietarios. ¿Acaso las normativas municipales son meras piezas de papel sin valor alguno?

Según la Ordenanza Municipal de Almería, los propietarios de perros tienen la obligación de recoger las deyecciones de sus animales (Art. 19) y evitar que circulen sin correa (Art. 17). Además, está explícitamente prohibido que estos animales deterioren los jardines y parques infantiles. Pero la realidad dista mucho de la normativa. Las calles y parques están plagados de heces, orines que inundan los alrededores con olores insoportables, y setos que sucumben bajo la acción destructiva de animales fuera de control.

A esto se suma la flagrante falta de cumplimiento de la obligación de censar a los animales y asegurar su correcto control sanitario. Los responsables municipales deberían tomar medidas drásticas: multas ejemplares, campañas de concienciación efectivas y vigilancia activa en los puntos más afectados.

¿Dónde quedó el sentido de responsabilidad? Estos parques no son propiedad privada de quienes tienen perros. Son bienes públicos, y su destrucción es una afrenta directa a quienes disfrutamos de estos espacios con respeto.

Si las normativas no se aplican y los responsables continúan ignorando sus obligaciones, el mensaje será claro: en Almería, ser cívico y cumplir las normas es opcional. Y para aquellos dueños de perros que sí respetan las reglas, ¡gracias por demostrar que el civismo no es una utopía!

La última barrera de nuestra privacidad (II).

25 diciembre, 2024

La privacidad, en la era digital, ha sido invadida por tecnologías que prometen mejorar la seguridad, pero que simultáneamente erosionan nuestra autonomía. La implementación masiva de herramientas como el reconocimiento facial refleja no solo avances técnicos, sino también un modelo de poder que redefine las relaciones entre ciudadanos, gobiernos y corporaciones. Este fenómeno, profundamente explorado en el libro «La era del capitalismo de la vigilancia» de Shoshana Zuboff (que me sorprende aún más en la segunda lectura), conecta con el dilema planteado en los artículos que comienzan a emerger tratando el tema de la privacidad, destacando cómo estas tecnologías no solo transforman nuestra privacidad, sino que también refuerzan un modelo económico centrado en la extracción y explotación de datos personales.

Zuboff describe el capitalismo de la vigilancia como un nuevo sistema económico en el que los datos sobre nuestras acciones, comportamientos y emociones se recolectan sin nuestro consentimiento explícito, se procesan y se comercializan para generar predicciones cada vez más precisas sobre nuestro futuro comportamiento. Este sistema opera bajo una lógica extractiva similar a la de los antiguos colonialismos, donde el territorio a conquistar es la experiencia humana misma (la potencia de esta afirmación todavía me deja impactado). El reconocimiento facial se inserta perfectamente en este paradigma, permitiendo una vigilancia omnipresente que convierte nuestros rostros en datos monetizables, mientras se presenta como una herramienta para reforzar la seguridad.

Estas tecnologías, inicialmente concebidas para prevenir actos terroristas por ejemplo, se han expandido para abarcar usos que van mucho más allá de su propósito original. Por ejemplo, bases de datos que se diseñaron originalmente para identificar criminales se utilizan ahora para monitorizar a disidentes políticos o controlar el acceso a servicios esenciales. Esto crea un sistema que no solo vigila, sino que también implementa disciplina y controla, moldeando el comportamiento humano a través del miedo a ser observado. Conviene en este punto traer a colación el sistema de crédito social chino y como raiz de este asunto al postulado de Jeremy Bentham y su panopticón. En este sentido, el reconocimiento facial se alinea con lo que Zuboff llama «instrumentación conductual», un proceso en el que la vigilancia constante modifica nuestras decisiones. Cuando las personas saben que están siendo observadas, sus acciones cambian; se autocensuran, evitan ciertas actividades o incluso lugares (Panopticón). Este efecto no solo amenaza la privacidad individual, sino también las bases mismas de la democracia (y esto ya es muy serio), ya que el espacio público, donde se deben ejercer derechos como la protesta o la libre expresión, se transforma en un entorno de control absoluto.

Íntimamente relacionado con lo expuesto, encontramos el problema de los sesgos en los algoritmos de reconocimiento facial, un punto que Zuboff considera central en el capitalismo de la vigilancia. Estas tecnologías no son neutrales; heredan y amplifican las desigualdades existentes, afectando desproporcionadamente a grupos marginados. Los algoritmos, entrenados con datos históricos, reproducen patrones discriminatorios que convierten a ciertos colectivos en objetivos privilegiados de la vigilancia. Esto refuerza sistemas de exclusión que ya están presentes en nuestras sociedades, consolidando un control asimétrico que beneficia a los más poderosos. Esto ocurre y ocurrirá siempre.

Además, Zuboff alerta sobre cómo el capitalismo de la vigilancia redefine el concepto de consentimiento. En su lógica, los usuarios «aceptan» ser vigilados como una condición para participar en la vida digital, pero este consentimiento es más aparente que real. De forma similar, el reconocimiento facial implementado en espacios públicos no deja espacio para el consentimiento informado; simplemente somos capturados por las cámaras, y nuestros datos se procesan sin nuestro conocimiento o control. Esto nos convierte en sujetos pasivos de un sistema que prioriza la monetización de nuestros datos sobre nuestras libertades fundamentales. En Reino Unido existe una iniciativa denominada Big Brother Watch (el que vigila al Gran Hermano) que pretende concienciar sobre este problema.

La promesa de seguridad, uno de los argumentos más utilizados para justificar estas tecnologías, se desmorona al observar sus implicaciones a largo plazo. Las tasas de falsos positivos y negativos no solo limitan la eficacia del reconocimiento facial, sino que también aumentan los riesgos de abuso. Zuboff complementa esta crítica al señalar que la obsesión por recopilar datos no siempre se traduce en un incremento real de la seguridad. Más bien, esta acumulación desmedida sirve para alimentar sistemas que se vuelven cada vez más opacos e incontrolables, concentrando el poder en manos de quienes poseen las infraestructuras tecnológicas. No nos sorprenderá que las compañias de seguros estén detrás de estos sistemas (como ávidos compradores de la información que atesoran).

La raíz de mi preocupación por esta desmedida tendencia a la biometria invasiva se encuentra en la ausencia de regulación adecuada pues es los que agrava estos problemas. Para Zuboff, la regulación es una de las pocas herramientas que pueden limitar el alcance del capitalismo de la vigilancia, imponiendo salvaguardas que devuelvan a los ciudadanos el control sobre sus datos. La implementación de estas regulaciones enfrenta la resistencia de actores con intereses económicos y políticos que se benefician de la expansión de estas herramientas. Abrimos el melón de la especulación … .

¿Estamos dispuestos a aceptar la pérdida de nuestra privacidad como el precio a pagar por la comodidad y la seguridad? Zuboff nos advierte que esta dinámica es evitable; es el resultado de decisiones tomadas por actores específicos, y como tales, pueden ser desafiadas y revertidas. Requiere una movilización colectiva que cuestione la narrativa dominante de que la tecnología es inherentemente buena y neutral. Y lo es, pero no lo es si el uso no es trasparente.

Impacto de la IA en la Innovación y Seguridad Empresarial

24 diciembre, 2024

El avance vertiginoso de la inteligencia artificial generativa ha traído consigo una disrupción (como me gusta esta palabra) sin precedentes en la manera en que concebimos la creatividad y la propiedad del conocimiento. En mi blog, en entradas como La última barrera de nuestra privacidad o Cuando los LLM decidan por nosotros, ya he tratado temas sobre cómo la IA desafía nuestros principios éticos y legales más fundamentales. Pero al respecto de cómo aprenden (entrenan) los modelos ¿no os preguntáis sobre el origen del conocimiento? ¿quién puede reclamar la autoría y propiedad de lo que genera la IA? En mi entrada Democratización de la innovación ya avancé algo sobre este tema.

Los modelos de IA actuales, como los que subyacen en herramientas de uso masivo, son el resultado de entrenamientos basados en enormes cantidades de datos, muchos de ellos obtenidos sin consentimiento explícito de sus creadores originales. Este proceso, aunque tecnológicamente impresionante, levanta cuestiones éticas profundas. Por ejemplo, ¿es legítimo que una empresa genere valor económico a partir de un conocimiento que, en esencia, proviene del esfuerzo y la creatividad humana acumulada? ¿Peligran los royalties de las patentes?

El panorama jurídico es desigual y caótico (no citaremos el caso de China, que no hay por dónde cogerlo). Mientras que en países como Estados Unidos, los derechos de autor y las patentes exigen una contribución humana significativa, otras jurisdicciones, como Japón, adoptan una postura más permisiva, permitiendo entrenar sistemas de IA incluso con contenido protegido por derechos de autor . Este contraste refleja una crisis de armonización legal en un contexto global donde la IA no reconoce fronteras.

En Europa, la situación es distinta. La Unión Europea ha establecido el Reglamento de Inteligencia Artificial (AI Act), que entró en vigor en agosto de 2024. Este reglamento busca garantizar que los sistemas de IA sean seguros, éticos y respetuosos con los derechos fundamentales de las personas . Clasifica las aplicaciones de IA en función de su riesgo y establece obligaciones específicas para cada categoría. En España, la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA) se encarga de supervisar la aplicación de este reglamento y está preparando la implementación de certificaciones sobre el uso de IA en el país . Estas certificaciones buscan garantizar la seguridad y el cumplimiento normativo, aunque podrían retrasar la llegada de nuevos productos al mercado.

Sin embargo, el impacto va más allá de lo ético o legal y se extiende a la seguridad corporativa. Utilizar datos no autorizados en el entrenamiento de modelos de IA puede exponer a las empresas a riesgos significativos, desde litigios por infracción de derechos hasta daños reputacionales. Las organizaciones que implementan sistemas de IA sin un control adecuado sobre las fuentes de datos pueden enfrentarse a consecuencias críticas, como ataques cibernéticos dirigidos, ya que los modelos generativos podrían filtrar, intencionadamente o no, información sensible aprendida de sus conjuntos de datos. Este riesgo subraya la necesidad de adoptar medidas de transparencia y trazabilidad en la construcción y el despliegue de estos sistemas. Tuve el honor de participar en el Grupo de Trabajo de Inteligencia Artificial para asesorar al Parlamento Andaluz y en el seno de este grupo pude destacar la necesidad de trabajar con fuentes de datos autorizadas y con modelos auditados.

En suma de lo expuesto, en entradas anteriores (https://elquijotedigital.com), he analizado cómo la privacidad y la autonomía están en juego frente a la capacidad de la IA para aprender y decidir por nosotros. Aquí la cuestión es más amplia: la IA no solo consume datos, sino que transforma ese conocimiento en nuevos productos que reconfiguran nuestra noción de creatividad.

¿Es justo proteger estas creaciones cuando la IA se nutre de décadas de conocimiento humano, muchas veces sin el debido reconocimiento?

El desafío no es solo tecnológico, sino también ético, político y de seguridad. A medida que estas tecnologías redefinen nuestras capacidades, debemos plantearnos si los marcos legales actuales son suficientes para proteger tanto a los creadores humanos como a las innovaciones que surgen de esta colaboración híbrida entre humanos y máquinas. Y, más importante aún, debemos garantizar que las decisiones empresariales alrededor de la IA no comprometan su propia estabilidad ni la confianza de sus stakeholders.

Reflexionar sobre este tema, como he argumentado en mis publicaciones, es esencial para entender hacia dónde nos dirigimos como sociedad en esta nueva era digital.

Por lo tanto, me gustaría provocar una discusión sana y fructífera en torno a este tema: ¿Cómo crees que deberíamos equilibrar innovación tecnológica, seguridad y respeto por el conocimiento humano?

He encontrado una entrada en un blog que también trata este tema. La dejo aquí para ampliar la información. Y un post de linkedIn que data de 2018.